‘Unámonos’, de A. Elviro Berdeguer (1918)

antonioelviro_rostroANTONIO ELVIRO BERDEGUER // “A don Santiago Sánchez Mora, por su brillante artículo ‘Descendamos de la cátedra y vayamos al pueblo’, publicado en ‘El Bloque'”

Por el Ministerio de Fomento se ha dictado una Real orden, concediendo el crédito extraordinario de tres millones de pesetas con destino a la conservación o reparación de carreteras de las provincias de Salamanca (por 26.000 hectáreas 565.900 pesetas), Zamora (por 16.000 hectáreas 548.000 pesetas), Valladolid (por 20.000 hectáreas 435.000 pesetas), Palencia (por 12.000 hectáreas 261.000 pesetas), Barcelona (por 5.000 hectáreas 87.000 pesetas), León (en 7.000 hectáreas 152.000 pesetas), Murcia (por 1.000 hectáreas 22.000 pesetas), Lérida (por 10.000 hectáreas 217.000 pesetas), Cuenca (por 12.000 hectáreas 261.000 pesetas), Ciudad Real (por 12.000 hectáreas 261.000 pesetas) y Burgos (por 18.000 hectáreas 391.000 pesetas).

Estos tres millones de pesetas, dice la Real orden, llevan el destino de remediar la crisis obrera. ¡Bienaventurada tormenta que obligas al Estado a repartir justísimas satisfacciones sembando el trabajo entre las clases menesterosas! Además, los representantes políticos enérgicamente lo reclamaron en el Congreso. Vieron la angustia de sus regiones, las crisis de sus pueblos y no vacilaron en presentar en la Cámara popular los lamentos colectivos, las necesarias demandas de protección oficial. El Gobierno, reconociendo la justicia de las demandas, accedió a otorgar la pedida tutela sobre esas provincias que tenían hondos problemas económicos.

Y ahora, encendidos del más santo cariño a la patria chica, miremos la dolorosa realidad que palpita en nuestros corazones. Las malas cosechas sucesivas, la natural subida de los jornales, las restricciones de las tasas; nuestro eterno problema agrario esperando resignadamente el concurso oficial indispensable para asegurar la mísera existencia del pequeño agricultor extremeño.

Para defender nuestra ruina, para solicitar urgentes y salvadores remedios, para hacer llevar nuestras voces de angustia a las gradas de los Poderes públicos, tenemos menguada representación política. Siete diputados a Cortes y tres a senadores. Y yo pregunto, desalentado, reprochando la falta de ciudadanía. ¿Tiene la provincia de Cáceres legítima representación política?

Para aquel que mire las evoluciones y analice imparcialmente las manifestaciones de sus hombres políticos para el que, alejado de la plaza pública y desde la atalaya de la soledad aldeana, contemple las peticiones de los necesitados, aparecerá con trazos fuertes el valor negativo de la región extremeña y los siete distritos de la provincia de Cáceres vacíos, como huecos ancestrales de una parda política mercantil, sin esa virilidad generosa de una juventud que se manifieste removiendo los escombros de los tinglados históricos para crear sobre ellos el bienestar y el progreso de la provincia, que fortalecerá la felicidad de la patria.

Aquí tenemos vitales problemas que esperan la voz de la redención positiva, el calor de la exaltación romántica, el concurso de una juventud que nunca llega, que vive con la frivolidad del cerebro y con la propia aspiración de un estómago hambriento.

La política en la provincia de Cáceres ha quedado reducida al tópico huero, al egoísmo de las comparsas que buscan satisfacciones económicas y al putrefacto ambiente que se respira en el viejo caserón de los intereses creados que pomposamente llamamos Diputación Provincial.

Veintiocho hombres reunidos para dar prebendas, para intervenir en protecciones absurdas, para llevar con los alcaldicios y concejalicios sus odios a los rebeldes que pretenden acusar los chanchullos de nuestros Ayuntamientos de irresponsables.

¿Esperar? ¿De quién? El obrero, fuerza positiva, aún no está facultado económicamente para aspirar un puesto en la lucha. Las sociedades obreras, desobedeciendo los generosos dictados de los pocos hombres que en el Centro de Cáceres pretenden redimirlos del yugo de la esclavitud, se transforman el día de las elecciones generales en sociedades electoreras que se adjudican al mejor postor. Y esa masa heterogénea, ligada por compromisos financieros, contribuye mansamente a fomentar las adhesiones a un millonario déspota que anhela sumar a su blasón el lujo de un título que el pueblo le otorga por los treinta dineros.

¿Por qué no se agrupan los rebeldes, los que sientan arder en su alma el fuego del patriotismo y conozcan las tristezas de una región que llora eternamente orfandades injustas? ¿Por qué no constituir un bloque de hombres ecuánimes, de los que sientan la santa indignación del abandono?

Dejo la pequeñez de mi pluma en manos de los magnates que viven angustias irredentas. Y yo, que he vivido en otras regiones en las cuales se ofrendaba a la patria chica en repetidos actos públicos, que he colaborado a mantener el espíritu regional, al llegar a mi tierra en la que se vende todo lo que se compra, he sufrido la mayor desilusión de mi vida y he pensado en una frase de Brissot, cuando la revolución francesa: París, es una población con dos millones de imbéciles.

[Este artículo, del extremeñista Antonio Elviro Berdeguer, fue publicado en 27 de septiembre de 1918 en la revista cacereña El Noticiero, y puede consultarse en su fuente original aquí]

 

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