‘Campos de Extremadura’, de Pedro Sánchez Mora (1918)

Este artículo pertenece al periódico El Bloque, con fecha de 29 de enero de 1918

PEDRO SÁNCHEZ MORA* // Amigo Juan Luis Cordero: Ahora soy yo quien dice. No desmaye… No ceje… Sobrepóngase á su flaqueza. La anemia espiritual de Extremadura es un proceso histórico. Cansadas de dar gigantes, las tierras de Hurdes abajo ya no rinden cosecha. El hombre que las habita se ha dormido. Y vegeta en el yermo, a estilo de esas casonas señoriales que se vienen abajo con estrépito, y en vez de hacer un esfuerzo sobrehumano, se tumban sobre los guijos del arroyo y se dejan llevar…

Descoyuntada y paupérrima, á todo el que mas allá de la sierra de Avila observe la postración de esta tierra: rica, fuerte y gloriosa, le llamará la atención, no atinará el porqué de este presente obscuro. Usted ya lo sabe. También yo… ¡Pero no se comprende!

Las agua-fuertes de Goya… La prensa, anémica; la política, perniciosa; la juventud, invertebrada. Sin crítica, sin estética y un horror la literatura. ¿Desmayaremos, pues? ¡Sursum corda! Desmayar sería un crimen. Laboremos… Ningún esfuerzo en el mundo ha sido en vano. El mundo es de los que luchan, de los que sueñan, de los que construyen, de los que aguantan y esperan. De los que pasan los Alpes tras el huerro cartaginés; de los qu eacechan el triunfo sobre el cieno de Garellano; de los que van mar adentro, entre los cielos y el agua, sin más antorcha que el alma llena de fe, sobre una nao de Castilla…

Ya que nosotros nacimos en un pueblo con cadenas ¡mellémoslas! ¿Podemos un poco más? Doblémoslas… Y si es posible, rompámoslas. Elevemos al pueblo… Que medite, que aprenda, que se instruya, que sienta la belleza, que se emocione, que lea. Es tarea de benedictinos. Pero ¡qué importa! Siempre es mejor ser Bolívar, que Calígula ó que Nerón…

Acudamos al pueblo; dignifiquemos la prensa; hagamos claridad en la política, surcos en las conciencias, luz en los pechos jóvenes… Lo demás, ya, solo vendrá. Hundamos así al cacique, levantemos á Extremadura y muramos después tranquilos. ¡La libertad futura de nuestros hijos, así lo espera!

*     *     *

¿Sueños? ¡Concho! Y quién sabe si son quizás profecías… Llegará un día de sol. Tarde ó temprano. Un día cualquiera un hombre, encaramado en los riscos de las Villuercas, por tierras viejas de Alcántara ó á orillas del noble Jerte, desnudará su alma. No más encono, no más odios, no más suicidio. Nos lo exige esta tierra dolorida, que se muere de hambre y de sed.

¿De dónde vendrá este hombre? Ha de ser desde arriba. De una cumbre espiritual. Independiente y altivo y arrastrado por el dolor, porque si fuera de abajo y fuera humilde, la inconsciencia del medio le anularía. A que ese hombre venga diez años antes, deben encaminarse nuestros pasos.

No dude usted de su esfuerzo. ¡Cuál mejor! Usted y yo no serviremos para llevar traillas de hombres á las urnas, vendidos por dos pesetas y un vasazo de vino. Ni para dar pucherazos en los colegios electorales, como hacen muchos esclavos que se las dan de libres.

Pero podemos servir, y de seguro servimos, para cosas más grandes… ¡La pluma es un puñal que no duele, pero que mata! Usted y yo no lo veremos. ¡Es pronto todavía! Lo que importa es que después de nosotros perdure la simiente. ¡Que otros vendrán después! Otros vendrán después que hagan verdad el milagro de hacer, de un hato de eunucos, un pueblo de hombres libres.

Conformémonos, pues, con ser los precursores. Quizás por eso mismo, la gloria sana de nuestro esfuerzo humildoso será más grande, más silenciosa, más pura.

¿La política? La política cambiará. No dude usted tampoco de la política. Hay todavía en el mundo algo más fuerte que el egoísmo: la vida. La política cacereña, que únicamente peca de exceso de campanario -vea usted Barcelona, Gijón, Bilbao, pueblos fuertes y rudos: las mismas luchas, iguales ó parecidas banderías- no había de ser una lamentable excepción.

Y esas peleas, noblemente orientadas, suelen ser muchas veces el pulso de los pueblos. Porque á nadie le asusta ya el choque inevitable de las ideas. Lo que deprime los ánimos son los necios personalismos, la política zamarra, la angustiosa trivialidad.

¿Y hacia qué lado soplará el aire? ¡Qué más da! La política toda es buena, cuando es política sana. Cuando no representa la intransigencia, la dureza del huerro, la esterilidad, la discordia, sino que es expansiva y ocasional y alcable.

En la próxima revisión de los valores gubernativos de España, la descentralización histórica, el regionalismo á la forma clásica, la federación, el cantonalismo, incluso la autonomía -algo, en fin, que no sea ni esta centralización absurda, ni ese otro regionalismo sinuoso y ambíguo de Cambó- será acaso el aire nuevo que barrerá el desvan polvoriento donde yace tejiendo sus telarañas misteriosas nuestra vieja política.

¡Esa será la hora! En Extremadura hay ambiente… Lo que falta es: abajo, la independencia; la cohesión, en el medio; la iniciativa, arriba. Una voluntad recia que haga un bloque compacto y encauce por derroteros ideales ese aluvión de rebeldías dispersas, que en nuestros días se esterilizan calladamente bajo esta podredumbre convencional. Y así, en casi toda España.

¿Qué falta, pues? El hombre… Si este surge, después de una intensa preparación social, y es posible en Extremadura un adecentamiento cívico, la región y la patria se habrán salvado. Sino… Ponga usted aquí, en estos puntos, lo que usted quiera. A mí, aparte de esa incógnita del maurismo, una de cuyas zonas, la más sana, no deja al fin de ser un movimiento romántico, aún todavía me quedará la esperanza de varios hombres: la noble seriedad del Sr. García Prieto, la fogosidad tribunicia de D. Niceto Alcalá Zamora y el formidable talento, la claridad castellana y la juventud de ese estadista vallisoletano que se ganó, de un solo tajo, los tres entorchados de capitán general. D. Santiago… ¿Cuál? En España, si aparta usted a Ramón y Cajal, no hay otro. Primero, D. Santiago; y después, Alba.

Pero volvamos a Cáceres… Enzarzadas en sus discordias fraticidas, nuestros caudillos no ven que el mundo marcha adelante. Aprisa, aprisa… ¡Y en Cáceres la política se ha sentado! Nuestros políticos viven de lo que ven… ¡Una lástima! Todavía no han sentido la inquietud del futuro. Liberal, conservador… Conservador, liberal… Su substancia ideológica es la doctrina de Cánovas del Castillo. ¡Y así se pasan las vidas, las épocas y los hombres! El año 3000 y pico, aún seguirían batallando en liberal y en conservador…

Así, pues, dos ideas concretas, inexorables, rígidas, representan a Extremadura ante la conciencia universal. ¡Con todas las docenas de ideas diversas que hoy corren por el mundo!… Ni un matiz, ni una voz, ni una rendija a los aires nuevos. Ministeriales a secas… Como en los pueblos esclavos, hasta que surge un Washington clamoroso, todo es un culto al orden y a la legalidad.

Así son nuestros políticos… No toda la culpa es suya.

*     *     *

El político cacereño es siempre un buen señor, todo lleno de buena voluntad, pero que nunca hace nada. El estado caótico de la infeliz provincia le impediría hacerlo. Su distrito le desconoce o no le ayuda; no encuentra en la región solidaridad; y en Madrid nadie le hace caso. El más animoso de ellos pierde la fe en un pueblo que ha perdido también la suya.

¿Mediocridad, repulsión, cansancio? Hay de todo… Pero es sano afrontar la realidad, sin denuestros declamatorios. Por mucho que valga un hombre, un individuo no es nada. Es menester algo más… Se precisa una masa de opinión que dé valor a estos hombres, que les mueva, que les anime, que les oriente, que se les imponga, si es menester… Que vaya con ellos a la derrota o al triunfo. Pero para eso, amigo mío, es preciso echarse a la calle… Abajo, falta esperanza. Arriba, sobra egoísmo. Es preciso que al pueblo le mueva un aire… Un solo viento no basta. Es preciso una tempestad. El político cacereño, digamos en su disculpa que se ha visto siempre solo.

Pero si llega esa aurora que se anuncia, la justicia tendrá un respiro. La juventud se estremecerá. Se oirá solamente un nuevo grito… ¡Que Extremadura no muera! Un latido cordial de ciudadanía aventará los detritus corrompidos de esta politiquilla nefasta. Los políticos cacereños, por grande que pueda ser su estatismo, no podrán sustraerse en parte a esta sana renovación. Adelante. La simiente en el surco… ¡Que el agua de la otoñada ya vendrá!

El día próximo o lejano en que uno de ellos, más vidente o más loco, se despoje de esa carroña primitiva: liberal, incoloro o conservador, usted, y Ramón Quiles, mi hermano y yo, todos los que escribimos por El amor a la tierra, y toda esa masa anónima, que siente, aunque se calle, como sentimos nosotros, antepondría a otra idea el amor a la tierra madre… ¿Qué es, sino, la política?

Aquel grito emocionante, como el de otro alcalde de Móstoles, arrastrará a la provincia hermana. Y aquel día Extremadura, consciente y libre, será otro pueblo más en España, capacitado para proseguir, en armonía con la época, aquel curso histórico y glorioso, que salvo el rápido sarpullido de Espronceda, Donoso y López de Ayala, la agonía de los Austrias interrumpió.

(*) El texto original está firmado por YO FU, el seudónimo habitual del poeta trujillano Pedro Sánchez Mora.

FICHA DEL ARTÍCULO

Título completo: Tierras de España: Campos de Extremadura: El dolor, la fe y la política (VII)
Publicación: “El Bloque”, nº 539, 29 de enero de 1918
Firma: Yo FU
Lugar: Bilbao

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