Extremadura, tierra rica de hombres pobres

Gordo_DanielCon este lema se presentaba un festival organizado en Navalmoral en 1978. Y sigue siendo fiel retrato de una situación que se muestra en toda su crudeza cuando hablamos de nuestros recursos energéticos.

Porque no nos damos cuenta ya de que el único argumento que se nos ocurre para no cerrar Almaraz es que genera empleo en la comarca del Campo Arañuelo. Una central nuclear propiedad de Iberdrola, con sede en Bilbao, que genera un beneficio limpio de casi un millón de euros diarios y que, a cambio, nos deja escasos dos mil puestos de trabajo y una ridícula compensación anual que no llega a veinte millones de euros. Eso sí, los beneficiados lo consideran como un regalo de los dioses. Hace 500 años engañábamos a los indios con cuentas de colores a cambio de oro. ¡Quién fuera indio!

Por el contrario, si para cerrarla sólo tenemos en cuenta sus evidentes peligros tanto para la salud humana como para el medio ambiente, cuando ésta cierre nos tupirán Extremadura de plantas solares y parques eólicos que, sí, serán más limpios y modernos, pero, aparte del terrible impacto visual y paisajístico, nos dejarán el mismo modelo colonial de explotación ‘gratuita’ de nuestros recursos. De nada nos sirve cerrar Almaraz si se vuelve a cometer el mismo error.

Porque las energías renovables son el último capítulo de este progreso mal entendido. Nuevamente aparece ante nuestros ojos como una salida al atraso y una fuente de ingresos y empleo para Extremadura. Pero la realidad, como de costumbre, es bien distinta.

Cuando una empresa de energía eólica llega a un pueblo extremeño y lo buzonea ofreciéndole cien puestos de trabajo si se posiciona a favor de la instalación de un parque eólico, el pueblo está tan deseoso de empleo que firma lo que sea, sin pararse a pensar en lo que hay detrás.

Y lo que hay detrás ya lo están sufriendo, sin ir más lejos, en Galicia. Porque un molino eólico tipo de 3 MW genera un beneficio anual aproximado de 3 millones de euros. En países civilizados, como Dinamarca, la compensación total para los distintas administraciones (estatal, regional y local) así como para los propietarios del terreno es de más de un millón de euros (1.250.000 €). En Galicia, la compensación total es de 9.000 €. Ya os podéis imaginar cuál sería la compensación aquí.

En segundo lugar, un parque eólico necesita de personal especializado para su construcción, personal que no encontrará en el pueblo, y se controla en remoto por lo que el único puesto de trabajo real que puede quedar en el municipio es el de los vigilantes.

Si además los terrenos en los que se instala son de propiedad particular el escaso beneficio queda únicamente en manos del dueño del terreno, que encima cree enriquecerse porque se convierte, de repente, en ‘el rico del pueblo’ cuando, en realidad, es la empresa instaladora la que se está riendo de él.

La cuestión no está, por tanto, en si uno está a favor o en contra de las energías renovables sino de si nos van a volver a tomar el pelo. Y es que si estas plantas de energía renovable fueran instaladas en terrenos comunales, y en unas condiciones económicas adecuadas como las del caso de Dinamarca, los municipios extremeños tendrían cubierto tanto su presupuesto anual como sus necesidades energéticas. Supongo que en este caso podríamos asumir el impacto visual a cambio de un porvenir garantizado para nuestros municipios.

Porque ese impacto, la huella ecológica, sería el estrictamente necesario para permitir que los extremeños y extremeñas puedan seguir viviendo en armonía con el entorno en el que llevan haciéndolo desde la noche de los tiempos. La cuestión es dejar de oír algún día aquello tan cierto de que la especie más amenazada en Extremadura son los hombres y mujeres extremeños porque no tienen más remedio que abandonar su hábitat.

Pero conviene recordar que Extremadura ya genera seis veces más energía de la que consume. En realidad no necesita instalar parques eólicos ni más plantas solares sino que la explotación de sus recursos beneficien de una vez a los extremeños.

Extremadura no necesita más políticas ‘progresistas’ porque éstas no hacen sino perpetuar la misma relación de dominación colonial que lleva siglos sufriendo esta tierra. El verdadero progreso de Extremadura está en cambiar las reglas, en gestionar nuestros recursos libremente, porque en el fondo lo sabemos todos: “Extremadura, tierra rica de hombres pobres”. No nos contéis más el cuento de que nos traéis el progreso porque siempre lo hemos tenido en nuestras manos, delante de nuestros ojos, pero no nos los habéis dejado ver.

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