“El primer problema a resolver es el de la tierra”

Amado Viera Amores, alcalde de Valencia de Alcántara durante la II República, fue fusilado el 25 de septiembre de 1936 [aquí puedes ver una reseña biográfica]. A continuación, se reproducen fragmentos de un par de conferencias impartidas por él.

‘Algunas ideas sobre el problema del agro español’, dada en la Sociedad de Artesanos de Valencia de Alcántara el 22 de marzo de 1930.

[…] Confieso que siento al hablarlos una gran satisfacción y un cierto halago de dignidad. Vosotros sois en gran mayoría de esa clase social que lleva sobre sus hombros la pesada carga del trabajo fecundo, que hace posible la vida del hombre sobre la tierra. Muchos componéis ese núcleo de la población que va transmitiendo de generación en generación con el sencillo timonero y la blanca alquería las virtudes de la Nación: vosotros significáis la tradición y la sufrida mansedumbre ciudadana, y no os extrañe que os dirija desde esta tribuna de honra para mí el homenaje de mi saludo y el tributo humilde de mi veneración y respeto; porque una de las cosas humanas que me merecen más respeto en la vida es la curvatura dorsal del trabajador anciano.

[…] Voy a deciros algo del porqué del tema de hoy. Era yo todavía un adolescente […] y me paseaba con sana alegría de muchacho por la pintoresca campiña del pueblo que me vio nacer. A una media legua escasa de éste vivía, en un pequeño cortijo, una familia labradora, que disfrutaba de un terrucho a título de arrendamiento. Era descendiente de otras, que habían convertido el pedazo de terrucho con sus afanes y sudores, de improductivo tomillar en vergel.

Para cada uno de sus miembros, la casita blanca, ceñida por parrales de pompa verde y exuberante en los días caniculares de agosto, constituía algo tan sustancial y tan necesario para su propia vida, que no podían comprenderla sin su posesión. Yo viví horas serenas saturadas de la dulce poesía de los campos en la hora de los largos y maravillosos crepúsculos vespertinos de mayo, en la honrada compañía de aquellas honradas gentes. Les recitaba mis humildes composiciones, mis pobres versos, que ellos oían con atención y agrado […]

Un día me despedí de los moradores de aquel remanso de paz. Marchaba a la capital de nuestra Provincia a cursas mis estudios de Bachillerato. Y cuando al año siguiente volví al pueblo, y visité el terruño de su término para saludar a mis amigos, me recibió en soledad la casita blanca, cerrada y muda, sin estentóreos y retadores cantos de gallo ni lánguidas tonadas de los que trabajan la tierra.

Pregunté por ellos.

Me contaron en cuatro palabras la tragedia: murió el viejo propietario, una helada se había llevado el tesoro en promesa de los frutales, no se le pudo pagar al nuevo señorito, que gastaba todas sus rentas en Madrid en francachelas, y éste los había desahuciado sin piedad y sin contemplaciones.

Entonces yo no acertaba a comprender la causa de la catástrofe familiar, la posibilidad de que se diera de entre el seno de hombres libres y cristianos.

Después, me hice abogado. Siéndolo, he llegado a saber que aquella iniquidad, que aquella tremenda injusticia, se apoyaba sobre cuatro renglones de una ley burguesa, de un librucho indecente llamado Código Civil.

De este episodio de mi vida, que conmovió intensamente los más hondos repliegues de mi espíritu, arrancan mis ideales políticos y mi preocupación por el problema de la tierra. Si leyerais los títulos de los volúmenes de mi biblioteca, no tan nutrida como yo desearía por mi escasez de recursos económicos, veríais que predominan en ellos los que tratan de los problemas sociales y sobre todo, de los agrarios. […]

Estoy convencido de que en España el primer problema a resolver es el de la tierra, sin cuya solución no es posible que podamos situarnos en el plano de los pueblos progresistas; es que pienso en mi Patria, pienso en su grandeza […] y no veo en ella la posibilidad de un engrandecimiento nacional, sino por el cultivo de sus campos, es decir, por la solución del problema agrario. Y en estas horas solemnes en que se busca una fórmula de salvación es necesario proclamarlo muy alto: esa fórmula no puede ser otra que la que consiste en un más equitativo reparto de la riqueza del suelo. […]

¿Cómo no ha de ser de la mayor importancia el estudio del agro español, la noble pretensión de remover los obstáculos que se oponen al florecimiento de nuestra agricultura? En un país donde son harto frecuentes las crisis sociales producidas por la miseria en que sumen las malas cosechas a nuestras clases labradoras y jornaleras del campo, las más numerosas, donde se da la más diversa variedad climática y topográfica, y por consiguiente, de producción agrícola, donde viven de la agricultura exclusivamente unos once millones de habitantes, la mitad de la población nacional, ¿cómo no ha de tener importancia el estudio del problema de la tierra? […]

Las circunstancias especiales que atravesamos, el régimen de suspensión de garantías y de censura imperante, el respeto que debo a esta casa, que quiere y debe permanecer alejada de la pasión política y hasta las circunstancias personales que en mí concurren, me vedan hacer consideraciones que de buen grado haría al llegar a este punto de mi disertación. Pero no obstante todo eso, debo decir que la formación de un partido agrario y solamente agrario es una tan grande necesidad en España que entiendo que ello es condición necesaria y precisa para que la sociedad española pueda salir pacíficamente de la por demás profunda e inquietante crisis que atraviesa. […]

En España [la solución al problema de la carestía de alimentos] se solucionó en la tala del bosque y en la extensión continua de la tierra laborable. De entonces data la aversión del hombre español al árbol. De esta aberración predominante en nuestra agricultura dimana la postración de la Patria, porque el cultivo extensivo hizo necesaria la concentración de la propiedad, es decir, el latifundio, y la acumulación de la tierra en un solo dueño creó al cacique, y el imperio del cacique nos llevó a los grandes desastres colectivos […].

A medida que, por el afán desmedido de extender el cultivo, la tala y la roturación se multiplican, el clima de España se va transformando cada día en más africano, es decir: de mínimas precipitaciones estivales y torrenciales y dañinos aguaceros de otoño e invierno, y también con menos frecuencia de primavera, que arrastran la capa laborable sin reportar ningún beneficio. En consecuencia, hay que establecer en España el culto al árbol hasta el fanatismo y acudir prontamente con prohibiciones legislativas que establezcan duras sanciones para la infracción, para evitar esa suicida y funesta decalvación de las tierras altas, de colinas, alcores y sierras que están clamando con sus tristes paisajes contra la injusticia del hombre […]

Cualquier muchacho nacido de labradores que sepa deletrear un poco y sea avisado de entendimiento, raro será que se dedique al cultivo del campo.

Aprende en el medio ambiente en que vive el odio a la tierra; sabe que la noble profesión labradora está menospreciada y escarnecida por el centelleo diamantino del aristócrata latifundista, por la procacidad imbécil del horterilla provinciano, que ha oído hablar de ku-kus-klán y de rascacielos y pronuncia ya a lo señorito sin tener ortografía ni saber definir lo que es gramática, por el hombre de profesión liberal, que olvida que el sudor del labriego es el que le nutre haciendo posible su fatuidad irritante. […]

De esta aversión al agro resulta que el que cultiva la tierra, salvo contadas excepciones, lo hace porque no ha podido tomar en la vida otro camino menos fatigoso.

Yo digo que esto es necesario que acabe pronto, porque con tales ideas, se está contribuyendo a fomentar la despoblación del campo; se está asestando una puñalada de muerte al país; porque si demostré antes que el engrandecimiento y la prosperidad de España no pueden lograrse sino por el mejoramiento de su agricultura, el que fomenta el odio a la tierra, lo dificulta, y atenta con ello contra la grandeza y el bienestar de la Patria.

Algunas ideas sobre el problema de la enseñanza en España’, discurso pronunciado en la Inauguración de los Grupos Escolares de Valencia de Alcántara el 29 de junio de 1928.

SEÑORES:

Por encima de todas las energías del Universo, dominándolas, señoreándolas, como heraldo y ostensible manifestación de la creadora Omnipotencia, hay una fuerza incontrastable que no podrá ser sometida jamás al crisol ni a la retórica: es la inteligencia. La inteligencia humana que brizna infinitesimal de la divina soberana lumbre, somete al viento, reduce el espacio, mide y precisa la ordenada evolución de los mundos, capta al rayo, descubre las leyes de la Vida, y ¡oh prodigio de su esencia indefinible!: se analiza a sí misma buscando en el fondo de su naturaleza los secretos de su perfección.

Pues bien: yo os digo que lo mismo en el ser individual que en el ser social o colectivo, lo mismo que en el hombre aislado que en las agrupaciones humanas que forman las Naciones, los Estados, no hay más que una verdadera pobreza, no hay más que una verdadera miseria, que son la pobreza y la miseria de esa energía, que son la pobreza y la miseria del espíritu. Cuando un individuo o en un pueblo determinados baja incesantemente el coeficiente de su valor espiritual, acaba por perder su hegemonía política y económica si la detenía en la Historia, y es sustituido tarde o temprano por otro que surge a la vida rico en energías espirituales. Las naciones próceres, los pueblos que marchan a la cabeza de la Civilización, no han conquistado su supremacía con sus tesoros de carbón y de hierro, con sus fábricas y manufacturas, que esto es efecto y no causa de su riqueza en espíritu […].

De aquí procede la importancia de la docencia del Estado y el deber que tienen los Gobiernos de atender a ella; y de aquí procede también la importancia de la difusión de la educación, de la difusión de la cultura, y por consiguiente, de uno de los medios más poderosos para conseguirla, de la Escuela Primaria, en la que se basan todas las instituciones de enseñanza de los Estados y la grandeza de las naciones; porque la Escuela Primaria habilita a la inteligencia el acceso a las puras regiones de la Ciencia, del conocimiento experimental del Universo, y sondeando la materia gris del niño, descubre en ella al sabio, que asombrará con sus invenciones, al político, que dará fórmulas más perfectas para la convivencia social, al estratega, que ganará laureles y gloria para su patria, y al artista, que robará a las brisas sus armonías inefables y a la aurora sus rosicleres de luz para ayudarnos a comprender con los raciocinios del Arte, la infinita magnificencia de Dios. […]

Bueno será para ello recordar lo que dejó escrito en su obra “La instrucción del pueblo”, aquella eximia mujer, gloria de la Ciencia Penal Española, que se llamó Concepción Arenal. Preguntábase la insigne escritora qué remedio puede emplearse en España contra los males que nos afligen o nos amenazan, y contesta con estas palabras, que constituyen todo un programa de gobierno: “Ninguna dolencia social puede combatirse con un remedio solo; pero si nos pidiera que señalásemos uno nada más, el que creyéramos con mayor eficacia, responderíamos sin vacilar: la instrucción”. Sí, instruir, educar, enseñar: he aquí el gran problema nacional que condensa todos los problemas. Porque se ha hablado hasta la saciedad del problema de la tierra en España, del problema del latifundio, de las enormes extensiones del territorio nacional que siguen incultas, sin que puedan recibir la amorosa caricia del trabajo bendito y santo que redime y crea, por el capricho de sus dueños, pero hay otro latifundio más desconsolador y más perjudicial para el país que no es el de la tierra, sino el que resulta de considerar la enorme masa constituida por los cerebros sin instrucción alguna, yermos, sin cultivo de ideas, perdidos para la gran cosecha espiritual del mundo.

Tenemos en España sin saber leer ni escribir, a muy cerca de la mitad de la población nacional; y este solo hecho es bastante para desacreditarnos ante Europa, y lo que es peor todavía, para que vaya a perderse en los negros abismos de la ignorancia una gran parte de la potencialidad creadora del genio de la Nación. ¡El genio de la Nación!… […]

La solución del problema de la Enseñanza Primaria en nuestra patria no está solamente en los edificios o en el material docente, sino que radica principalmente en los métodos, en el criterio informativo que preside la docencia del Estado; está primero en el alma de la Escuela, que es el maestro; reside principalmente en la manera de reclutar el personal, que es absolutamente inadecuada. La oposición es un esfuerzo mental, memorista, que no justifica nada; es un tributo pagado a la suerte, a la expedición de la palabra, al recuerdo de tal o cual lección; y así no puede ser. Porque con un personal formado mediante una oposición a donde hay que ir con el cerebro atiborrado de fórmulas algebraicas y aritméticas y físicas y químicas, y con una carga abrumadora de datos geográficos, históricos, pedagógicos, etc. Etc., es decir, de verborrea, de insustancialismo, corremos el riesgo de que nos eduquen a nuestros hijos de espaladas a la Naturaleza y a la vida, que son las asignaturas, las materias, más importantes […]

Y no es que trate de lanzar diatribas contra una clase social, la de los maestros, que se merece todos los respetos que sean precisos para su honra, y algunos más, porque tal vez todos los que se les tributen sean pocos, no; en lo que acabo de decir queda demostrado que no es culpa del dignísimo magisterio nacional, sino de los planes de enseñanza y del procedimiento para formularlo. De modo es que edificios sí, abundancia de material moderno, también; pero venga cuanto antes la reforma de los métodos y recuerde el Estado la frase de Michelet, que dice que la primera parte de la política está en la educación, la segunda en la educación, y la tercera en la educación; y la opinión de nuestro Jovellanos, que dice que en la educación y en la instrucción está el contenido de toda la política […]

Conveniente es que procuramos sacar todo el partido que se pueda de las horas escolares a fin de que el niño hoy, mañana hombre, actúe en la vida social, en la vida pública, por los hábitos adquiridos en su infancia, consciente de su libertad y de su responsabilidad, de sus deberes y de sus derechos, incapaz de dejarse gobernar fácilmente, más allá de lo que impone la necesidad del sometimiento a la autoridad legítima, por un amo, por un guerrero, por un sacerdote o por un gobernante….

Transcrito del texto original por Gabriel Moreno González gracias a la inquebrantable lucha de la hija de Amado Viera, Conchita, por recuperar la memoria de su padre.

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